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Etapa 9: Cadalso de los Vidrios - Ávila.

 12 de Julio de 2025.

Etapa 9: Cadalso de los Vidrios - Ávila.

Distancia: 65 km.
Desnivel acumulado: 1241 m.
Hora de Salida: 3:40 h.
Hora de Llegada: 11:20 h.
Tiempo empleado: 8 horas, (tiempo en Wikiloc).


Puerto de Arrebatacapas en San Bartolomé de Pinares (Ávila).

    Otro día y otra etapa, hoy para variar también madrugo, y es que en estas fechas hay que evitar las horas fuertes del sol, así que en plena noche comienzo la ruta de hoy.

 La primera parte de la etapa me la organizo tomando como referencia la primera población que me encontraré, se trata de Cebreros a una distancia de 25 Km. Dependiendo la hora de llegada a esta localidad tomare la decisión de tomar el camino De Santiago marcado como original o atacaré los puertos por asfalto.

Salida de Cadalso de los Vidrios (Madrid).

  Así que después de tomar mi breve desayuno y hacer recuento de mis pertenencias, hacia las cuatro de la madrugada, me encuentro pedaleando por la empedrada calle principal de Cadalsdo de los Vidrios para ir robándole minutos al reloj.

 La noche está totalmente a oscuras, el potente foco del que dispongo y mi GPS son las únicas herramientas de que dispongo para no salirme de la ruta, ya que con esta oscuridad no sirven de nada las indicaciones o flechas que son invisibles a estas horas.

Calle principal de Cadalso de los Vidrios.

      A la salida de la población el GPS me indica que debo tomar un camino cuya entrada se encuentra a mi derecha, después de dar unas vueltas en ese punto me doy por vencido, no veo entrada alguna que vaya por el tras, así que decido realizar este recorrido por asfalto, al final dicho atajo te quitaba una sola curva de carretera para volver a salir al mismo sitio, en esto un coche de la Guardia Civil me avista y como su trabajo ordena, me preguntan a donde voy por lo que yo les comento que voy bien y que las altas horas de la madrugada era para llegar antes al destino, así que la pareja ofrece su ayuda y sin más desaparecen en la oscuridad de la carretera.

    Después de hace un kilómetro escaso por la carretera me meto en un camino a la izquierda que es cuesta abajo pasando por el paraje de la Fuente de la peluquera y ya pasando una pequeña laguna se vuelve a salir a la carretera de nuevo AV-904, solo llevo recorridos tres kilómetros y medio.

Carretera M-542, totalmente a oscuras.


     Después de unos ocho o nueve kilómetros de carretera unos por la carretera M-542 y AV-503, el Track indica que debo coger el camino que se encuentra a mi derecha, así que siguiendo la estela del GPS y lo que se adivina que es el camino, prosigo no sin cuidado, debido a la poca visibilidad no conviene coger velocidad e ir pasito a pasito despacio pedaleando, el camino está casi borrado debido a la tupida vegetación que lo oculta, unos postes indicadores corroboran que voy por el buen camino.

    
Postes indicadores del camino

        De momento el camino está bien, es estrecho pero a estas horas de la madrugada y la oscuridad no dice nada a favor de continuar por el camino, el camino se acerca a la carretera AV-502 pero la mala decisión la tomé en este punto, decidí seguir por el camino a la aventura sin conocer el estado del mismo.

        
Parece que se adivina el camino en la oscuridad.


     Entro en una zona donde el camino se va estrechando poco a poco: primero se convierte en senda y, más adelante, en un auténtico camino de cabras. Llega un punto en el que me veo obligado a dejar la bici cargada con las alforjas y continuar a pie para comprobar si el paso es transitable. Entre piedras y ramas de arbustos confirmo que la senda continúa. Entonces no me queda otra opción que quitar las alforjas: primero paso la bicicleta y después, una a una, las alforjas, para poder superar un paso especialmente estrecho.

        Una vez superado el estrecho paso, parece que por fin llega el momento de subirme a la bici. Aun así, todavía tendré que echar pie a tierra un par de veces más, aunque ya empiezo a ver la luz tras la oscuridad. Salgo entonces al asfalto en dirección a El Tiemblo, pero apenas llevo unos minutos cuando el track me desvía de nuevo hacia otro camino de tierra. Con la experiencia reciente todavía fresca, reviso los mapas por si encuentro alguna alternativa más segura para llegar a Cebreiro, pero no veo ninguna opción clara. Así que no queda otra: me adentro por la Cañada Real, que además coincide con el Camino de Santiago.

Puente de Santa Justa, Camino del Suroeste GR-10.


        El camino coincide con el GR-10 y resulta rápido. Cruzo un arroyo por el puente de Santa Justa y, en ese momento, puedo comprobar la potencia de la fotografía nocturna de mi teléfono. Yo apenas veía nada más allá de lo que alcanzaba a iluminar el foco, pero la fotografía me dejó impresionado: el puente aparecía nítido, con todas sus piedras y detalles, algo que de otra manera, a esas horas, habría sido imposible de apreciar.

    
Fotografía del mismo puente con la iluminación de mi foco.

       Después de hacer algunas pruebas más con la fotografía nocturna, atravieso el puente y enseguida me topo con otro, esta vez sobre el río Alberche la zona resulta bastante húmeda y el murmullo del arroyo al desembocar en el río crea un sonido agradable, casi hipnótico, que acompaña el silencio profundo de la madrugada.

    Con la luna como testigo llego a Cebreros, en la provincia de Ávila, son algo más de las seis de la mañana y llevo 22 kilómetros en dos horas y media, parece que los tiempos se me han ido de la mano,  así que no me lo pienso dos veces y el resto de la ruta la haré por asfalto para atacar los dos puertos importantes de la jornada.

Cebreros en la oscuridad de la noche, (Ávila).
      
    Cebreros se encuentra a 760 metros de altitud y de aquí parte la subida al puerto de Arrebatacapas,  este puerto se divide en dos tramos, la primera parte, de cinco kilómetros, llega hasta el cartel del alto, situado a 1.068 metros, por una carretera típica de montaña con sus características paelleras, la segunda parte continúa otros cinco kilómetros hasta alcanzar la cima del puerto, que se encuentra a 1208 metros de altura.

Vista de Cebreros subiendo el puerto de Arrebatacapas.


        La primera parte del puerto presenta desniveles que varían entre el 4,8 % y el 6 %, alcanzando en algún tramo el 9 %. Tras pasar el cartel del alto, se encuentra un tramo descendente de casi un kilómetro antes de retomar la subida. La segunda parte mantiene pendientes constantes alrededor del 5,2 %, con un máximo del 9,5 %, e incluye un pequeño descenso a mitad de tramo, el paisaje según bamos cogiendo altura va cambiando de cierta vegetación con arboles dispersos hasta que éstos últimos desaparecen.

Mi compañera de viaje en el cartel del puerto.

        
Subiendo el puerto de Arrebatacapas por la típica carretera de montaña.

        Una vez alcanzada la primera cima, la ruta me regala el descenso el asfalto, en perfecto estado, invita a soltar las piernas y dejar que la bici se deslice, la gravedad me ayuda y la velocidad aumenta, el viento golpea el rostro y el paisaje se desliza a toda prisa, De esta manera paso por San Bartolomé de los Pinares y sin detenerme sigo mi descenso dejando atrás el esfuerzo de la subida.

Descenso por la carretera de montaña.

        Ocho kilómetros después de finalizar el descenso comienza el segundo puerto de la etapa. En cuanto afronto las primeras rampas, parece que a la bici le han añadido peso de golpe: se queda clavada, reacia a avanzar, castigada por la dureza del desnivel.

        Al igual que el anterior, el puerto tiene 8,6 kilómetros, pero esta vez no concede tregua. La pendiente media ronda el 5 %, con tramos sostenidos del 7 % y rampas que alcanzan el 9 %. Nada más iniciar la subida, la carretera pasa junto a la pequeña aldea de El Herradón, casi en silencio, como si observara el esfuerzo del ciclista.

        El puerto del Boquerón convierte esta carretera en un lugar ideal para los amantes del ciclismo, exigente y constante, y también en un escenario habitual para la celebración de rallies, donde el trazado y el entorno invitan a exprimir cada curva.

Carretera a la altura de Herradón de los Pinares, (Ávila).

        
Subida del puerto de El Boquerón, Ávila.

       El puerto de El Boquerón arranca justo al terminar el descenso del alto de Arrebatacapas y se convierte en un ascenso continuo por la sierra de Guadarrama. En la cima me encuentro con un ciclista de carretera que está avituallándose; intercambiamos unas palabras y me comenta que ya lo ha hecho todo y que, a partir de ahí, queda un largo descenso de 14 kilómetros hasta Ávila. Me advierte del peligro en las proximidades de una cantera, donde la gravilla suelta, arrastrada por el paso de los camiones, puede jugar una mala pasada.


El Alto de El Boquerón en la sierra del Guadarrama, Ávila.

        Tras respirar hondo el aire serrano y asimilar el esfuerzo, me suelto a descender, atento y concentrado, dejando que la carretera me lleve poco a poco hasta la ciudad de Ávila.

        El descenso se alarga durante kilómetros y, poco a poco, la sierra va quedando atrás. La velocidad exige atención, pero la mente ya empieza a relajarse: el trabajo duro está hecho. Las piernas, cansadas pero satisfechas, giran casi solas mientras la carretera se abre hacia el valle.

A lo lejos aparece la ciudad de Ávila.

        A lo lejos aparece Ávila, con sus murallas recortadas en el horizonte, imponiendo respeto incluso antes de llegar. Tras horas de esfuerzo, puertos encadenados y silencio de montaña, la ciudad se presenta como recompensa final. Entro en ella con la sensación de haber cumplido, con el cuerpo fatigado pero el ánimo intacto, consciente de que estas jornadas son las que se quedan grabadas en la memoria mucho después de que el cansancio haya desaparecido.

Puente Romanillos, por el camino del Levante - Sureste, Ávila.

       Poco antes de las once de la mañana entro en Ávila. La muralla, imponente y silenciosa, sale a mi encuentro como un saludo solemne y definitivo, confirmando que la etapa ha llegado a su término, al menos en lo que al recorrido en bicicleta se refiere.

Mi llegada a Ávila con mi bici y la muralla al fondo.

        
Son las once de la mañana y aún queda mucho día por delante, así que antes de buscar el alojamiento de hoy, aprovecho la bicicleta para dar una vuelta por el interior de la muralla y visitar sus casco antiguo. Desde la bici puedo abarcar todo el recinto histórico sin apenas cansarme, dejándome llevar por las calles empedradas y disfrutando del privilegio de moverme con calma, pero sin prisas, por una ciudad que invita a ser observada despacio.

Plaza del mercado Chico y Ayuntamiento de Ávila.

        Me pierdo entre sus calles, recorriendo todo el casco antiguo, que bien merece un paseo mucho más tranquilo. Sin embargo, hay algo en el ambiente que siento pero no logro comprender del todo, una sensación extraña que dejo pasar y que más adelante acabaré encajando.

Catedral de Ávila.

        Durante el recorrido me llama la atención la cantidad de gente agolpada en las puertas de muchos establecimientos. Al principio pienso que quizá se trate de la inauguración de alguna tienda y que estén esperando a su apertura, pero la escena se repite una y otra vez en distintos locales, despertando aún más mi curiosidad.

        Cuando llego al alojamiento, que se trata del Hostal El Rincón, me encuentro que está cerrado, este local también es restaurante y me asomo por el cristal de la puerta que también esta cerrado y observo que tiene muy poca iluminación, mas bien nula, por lo que la solución a mi intriga está cercana.

La Muralla de Ávila.

       Finalmente, una persona que pasaba por allí, al ver mis intentos de llamar a varios establecimientos, me aclaró la situación: se había producido un corte de energía eléctrica y ya llevaban un buen rato sin suministro. Por ese motivo, el dueño del hostal había pospuesto la apertura, sin saber aún cuándo se restablecería la luz.

        Ante la incertidumbre, me dirigí a un bar cercano que parecía abierto, aunque sumido en la penumbra. Pedí una cerveza y un bocadillo que el camarero ya tenía preparado en la barra. No era el plan inicial, pero en ese momento supo a descanso merecido tras la jornada sobre la bici.

Vista de la muralla de Ávila.

         una vez que se restableció el suministro, todo volvió a la normalidad, ante el extraño silencio volvió el ruido de todas las cosas eléctrica que se encuentran en la ciudad, cámaras frigoríficas, persiana automáticas, ruidos varios, dieron el pistoletazo a una vuelta a la normalidad.

        A la una de la tarde ya tenía la bici en la habitación y con todo preparado para ir a comer, no me fui muy lejos, el mismo Hostal esta dorado en su parte baja de restaurante, así que no le di más vueltas y accedí al salón a saciar mi hambre y de paso a saborear algún plato típico de la zona.

Plato de patatas con torrezno.




Etapa 8: Toledo - Cadalso de los Vidrios (Madrid).

 11 de Julio de 2025.

Etapa 8: Toledo - Cadalso de los Vidrios.

Distancia: 86 km.
Desnivel acumulado: 866 m.
Hora de Salida: 5:00 h.
Hora de Llegada: 1:00 h.
Tiempo empleado: 8:00 horas, (tiempo en Wikiloc).

La Luna y pistachos en la provincia de Toledo.


       La ruta comienza en Toledo alrededor de las 5:00 de la madrugada, cuando la ciudad todavía duerme y el silencio solo se rompe por algún paso lejano o el eco de las ruedas sobre el asfalto de la calle. Salir de Toledo de noche tiene algo especial: la ciudad imperial, cargada de historia, parece aún más misteriosa bajo la luz tenue de las farolas. En medio de la oscuridad, casi sin darnos cuenta, rodeo sin querer la iglesia de Santiago el Mayor buscando la manera de orientarme para salir de la ciudad, la oscuridad y el silencio de la ciudad imponen un ambiente una pizca tenebroso y de soledad.  


Son casi las cinco de la madrugada en Toledo.

       Poco a poco voy abandonando el casco antiguo, atravesando una de sus puertas voy dejando atrás el casco antiguo, cuestas y siglos de historia. La ciudad queda a mi espalda mientras avanzo en paralelo al río Tajo, la tranquilidad y el silencio lo embriaga todo, en la zonas oscuras mi foco es el ilumina el camino a seguir apenas visible en la penumbra. El aire es fresco y agradable, ideal para pedalear, y el silencio de una ciudad dormida me acompaña durante los primeros kilómetros.


       Después de unos pocos kilómetros cruzo por encima de la rotonda la circunvalación CM-40 y, casi de golpe, me adentro de lleno en el mundo rural. Comienzan los caminos de tierra, primero con una subida exigente que nos pone en situación a un lado aparece una cantera, con su maquinaria pesada e iluminada en funcionamiento con su estruendoso ruido trabajando sin descanso en esas horas tempranas. El contraste es fuerte: el sonido metálico de las máquinas frente a la calma del amanecer que está por llegar.

Señales del Camino a seguir en el amanecer.


       Sigo ascendiendo por la pista de tierra mientras el cielo empieza a transformarse, una luna llena, grande y brillante, me acompaña en lo alto, cambiando poco a poco su color blanco por tonos anaranjados conforme avanza la noche y se acerca el amanecer, es uno de esos momentos que justifican salir tan temprano: ver cómo la noche se retira lentamente ante el día.

Pasamos por la finca de Caballos Estiviel.


       Después del ascenso el camino transcurre llano cambiamos de dirección a la altura de un picadero de caballos y el paisaje se abre en campos de cultivo, regados por el río Guadarrama, campos de cultivo con sistemas de riego se intercalan entre campos de pistacho, cada vez más habituales en esta zona, donde se ven claramente los sistemas de riego en funcionamiento. 


        El sol empieza a asomar por el horizonte, tiñendo todo de tonos naranjas y dorados. Mi rodar es ahora por una zona donde los sistemas de riego mantienen los extensos campos de pimientos, con el terreno algo arenoso y algo húmedo por el riego reciente hacen que el suelo esté blando, pero sin llegar a resultar problemático para la bicicleta cargada con alforjas.

Campos de cultivo cerca de los cauces del Tajo y del Guadarrama.

       Me encuentro en el entorno de los campos de regadío del río Guadarrama, una zona fértil y muy trabajada. Más adelante, el paisaje vuelve a cambiar y aparecen grandes campos de cereal, inmensos y amarillentos, que parecen no tener fin, son campos abiertos, donde el viento corre libremente y refuerza la sensación de amplitud.

Puente sobre el rio Guadarrama.

       Poco antes de llegar a Rielves, un gran pino aislado se convierte en una especie de señal natural, indicándome que voy por el buen camino a las 8:00 de la mañana y tras recorrer unos 25 kilómetros, pedaleando entro en el pueblo de Rielves que nos recibe con tranquilidad, hago una pequeña parada a la altura del ayuntamiento y la iglesia de Santiago, edificios sencillos pero representativos del carácter de la zona.

Ayuntamiento de Rielves (Toledo).

       A la salida del pueblo hay varias indicaciones de las distintas rutas que pasan por estos lugares, la mía es la del Camino del Suroeste, con comodidad sigo pedaleando por caminos rodeados de amarillentos campos de cereal ya cosechados. El viento aquí sopla con fuerza, aunque el motor de la bicicleta ayuda a contrarrestarlo y mantener un ritmo constante. En los campos se van intercalando los almendros dispersos y a lo lejos grandes tractores realizando labores agrícolas, recordándonos que estamos en una tierra profundamente ligada al trabajo del campo.

Señalización entre las localidades de Rielves y Huecas.

       A los 32 Km entro a la población de Huecas el punto más llamativo es la gran escalinata de la iglesia de San Juan Bautista, que domina el entorno, aquí me detengo para hacer alguna foto y para comer un poquito para reponer las fuerzas, una barrita de cereal para comer, me detengo también en algún monumento con el escudo de la localidad. Saliendo de Huecas a nuestro alrededor vuelven a aparecer extensos campos de pistachos, que dan identidad a esta comarca.


Mi Bicicleta con alforjas en la localidad de Huecas (Toledo).

       El cielo ya está esta completamente azul, limpio y con el sol instalado definitivamente en lo alto. En el camino alternan campos verdes con otros amarillos, aunque este último color domina claramente el paisaje, el camino de tierra se convierte en asfalto flanqueado por árboles a ambos lados, lo que se agradece por la sombra.


Campos ahora amarillentos entre Huecas y Novés.

       A unos 40 kilómetros de Toledo se llega a Novés, son alrededor de las nueve y veinte de la mañana, atravieso la población y al salir vuelvo al camino con el entorno algo más variado donde aparecen almendros, olivos, zonas de calizo y  pinos, aunque el arbolado sigue siendo bastante disperso.

       Dentro de una finca privada divisamos el castillo de San Silvestre, una construcción que destaca en medio del paisaje agrícola, recordando tiempos pasados de control del territorio, sigo por caminos de tierra en buen estado, donde vemos tractores aparcados junto a los cultivos, posiblemente preparándose para los trabájanos de recolección de patatas u otros tubérculos de la zona.

Dentro de una finca privada se divisa el castillo de San Silvestre.

        Tras 50 kilómetros,  se alcanza Quismondo, en donde hago una parada en la plaza del ayuntamiento, donde destaca la torre del reloj, punto central de la vida del pueblo y tras la breve parada, retomo la marcha por un camino que se cierra un poco por la invasión en algunos tramos por los campos de cereal existente a sus lados, aunque pronto vuelve a abrirse y se convierte en asfalto.

Iglesia de la Asunción de Nuestra Señora en Quismondo, (Toledo).


        Llegando a Escalona tenemos que pasar por un puente con semáforo que da paso alternativo a los automóviles, esperando el verde del semáforo de esta manera pasamos el rio Alberch para entrar en la parte alta de Escalona. La parte por la que subo es un cuestión muy exigente, suerte del motor de la bici que hace bien su labor. De esta manera se llega a la parte alta de la ciudad desde el mirador se contempla el río Alberche, su zona de baño y el entorno natural que rodea la localidad. Estoy situado en las ruinas del Castillo de Escalona, imponente, dominando el paisaje. En esta localidad aprovecho para parar y comer un pequeño bocadillo, para coger fuerzas para continuar con la ruta, el calor empieza a notarse aunque en realidad el termómetro marca 25ºC.

Puente de entrada a la localidad de Escalona (Toledo).

        En Escalona me planteo cuál es la mejor forma de llegar Cadalso de los Vidrios, destino final de la ruta de hoy situado a 86 kilómetros de Toledo. Preguntando me recomiendan seguir por carreteras secundarias pasando por Almorox, opción que finalmente tomo.


El casillo de Escalona y mirador hacia el rio Alberche.

       A la salida de Escalona recorro un ciclocarril de unos 2 o 3 kilómetros, antes de continuar hacia Paredes de Escalona. El sol ya aprieta con fuerza calor empieza a notarse. Sigo por asfalto hasta Almorox, donde me cruzo con otro ciclista eléctrico, que amablemente me confirma el camino a seguir.

Paso por Almorox (Toledo).

       En Almorox, ya con 71 kilómetros acumulados, giro a la izquierda para tomar carreteras secundarias y que al principio es una pendiente descendente para volver a subir, estoy todavía en la provincia de Toledo.


Desde Almorox el camino trancurre por asfalto de la TO-1560.

      Cuando llego al alto, un cartel indica la entrada a la provincia de Madrid, que me llevan a dejar atrás la provincia de Toledo y entrar en la Comunidad de Madrid. El terreno sigue siendo exigente, pero la cercanía del final anima a seguir pedaleando.

Cartel indicador de la entrada a la provincia de Madrid.

        Ya estoy en la comunidad de Madrid, pero todavía quedan unos 8 kilómetros y en pendiente hacia arriba, lo que hace que el motor de mi bici haga buna parte del trabajo.

Carretera en la provincia de Madrid hacia Cadalso de los Vidrios.

     Finalmente, tras 86 kilómetros, llego a Cadalso de los Vidrios alrededor de las dos y media de la tarde.

       Lo primero que hago es buscar el alojamiento, se trata del Hostel San Jose, me recibe la recepcionista muy amablemente, me dispongo a asearme y a prepararme para ir a comer, mi objetivo es encontrar el Restaurante Casa Moncho, sitio que había sido el lugar que el ciclista de Almorox me recomendó, la verdad que un sitio donde se come muy bien.

Ayuntamiento de Cadalso de los Vidrios (Madrid).


       Por la tarde fui a hacer la compra para la cena y para el desayuno del día siguiente, y así completo otro día en la ruta por el Camino del Suroeste.

       Así termina la ruta de hoy: una jornada larga, variada y muy completa, atravesando campos infinitos, pueblos con historia y paisajes que cambian con cada tramo del camino, desde la oscuridad de la madrugada toledana hasta la sierra madrileña.


        Cadalso de los Vidrios:

        Es un municipio situado en el suroeste de la Comunidad de Madrid, cerca de la Sierra de Gredos y de la provincia de Toledo. Está rodeado de naturaleza, con montes y embalses cercanos, lo que lo hace un lugar tranquilo y atractivo para el senderismo y las actividades al aire libre.

        El pueblo tiene un origen antiguo y un patrimonio interesante, como la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción y restos históricos vinculados a su pasado medieval. Tradicionalmente fue conocido por la fabricación de vidrio —de ahí su nombre—, aunque hoy en día combina la vida rural con el turismo y las segundas residencias.

        Es un lugar pequeño y acogedor, donde se conservan muchas tradiciones locales y un ritmo de vida calmado.



Etapa 7: Villacañas - Toledo.

   10 de Julio de 2025.

Etapa 7: Villacañas - Toledo.

Distancia: 85 km.
Desnivel acumulado: 129 m.
Hora de Salida: 7:00 h.
Hora de Llegada: 13:30 h.
Tiempo empleado: 6 horas 35 minutos, (tiempo en Wikiloc).




Vista general de Toledo.

    Salgo de Villacañas a las cuatro de la madrugada, cuando el pueblo aún duerme profundamente y la noche es dueña absoluta del camino, el aire con los es relativamente fresco de antes del amanecer y el silencio casi total, crean una atmósfera especial, solo mi bicicleta, la luz de la linterna y la intuición de cada pedalada sobre los caminos de tierra.

Villacañas (Toledo), Plaza del Ayuntamiento.

    La ruta discurre en plena oscuridad, iluminada únicamente por el haz blanco de mi foco, que abre un túnel de claridad unos pocos metros por delante, menos mal que llevo un buen foco, sigo el trazado que me marca el GPS, no llego a adivinar lo que tengo a ambos lados del camino, la zona iluminada es firme y eso me da seguridad para ir avanzando con tranquilidad.

La luna casi llena ilumina la noche entre Villacañas y Tembleque, (Toledo).

    En lo alto la luna llena ilumina y recorta el horizonte, enfrente y a lo lejos, hacia las cinco y veinte, distingo las primeras luces de Tembleque, un brillo tenue en el horizonte que parece flotar en mitad de la oscuridad, poco a poco las luces se van aproximando, antes de entrar en la población se pasa por un puente por encima de la circunvalación, este punto elevado me da una perpectiva distinta de la ciudad. 

    Entrando en Tembleque el silencio se apodera a estas horas de la madrugada, no hay un alma en las calles. El pueblo, cargado de símbolos y referencias a Don Quijote, permanece inmóvil, como si también estuviera esperando el amanecer.

Entrando en el municipio Toledano de Tembleque.


    Sigo avanzando con la compañía fiel de la luna llena —o casi llena—, que tiñe de plateado los campos y las siluetas de los molinos. El paisaje, aunque oculto en sombras, se intuye inmenso y silencioso.

    abandono la ciudad y dejo atrás la iluminación de las farolas y me quedo con la iluminación del foco de la bici y en lo alto la luna es dueña del cielo oscuro.

En el camino de Tembleque a Villanueva de Bogas.

    A las seis de la mañana y despues de 34 kilómetros llego a Villanueva de Bogas, el cielo comienza tímidamente a aclarar del negro a un azul oscuro que poco a poco se irá aclarando.

    Villanueva de Boga, al igual que la anterior población, sigue dormida entre el silencio de sus calles, a la salida me hago una foto en una pequeña rotonda donde destaca una escultura de hierro dedicada al Camino de Santiago, una figura sobria y metálica que parece saludar a los viajeros solitarios.

La bicicleta y el monumento al Camino de Santiago en Villanueva de Bogas (Toledo).

    Dejo atrás Villanueva y el camino se vuelve un poco más estrecho y algo más irregular, parece que el camino presagia algo no muy bueno, toca pasar por un arroyo, o lo que parece que es ya que está lleno de juncos y cañas lo que dificulta ver el agua, el paso es por un maltrecho puente, parece que alguna vez ha sufrido los vaivenes del caudal, se trata del río Algodor.

    

Pente o pasarela de hormigón sobre el Río Algodor.

    Es a la salida del puente cuando después de una zigzagueo el camino se estropea del todo y es cuando siento cómo las ruedas se hunden de golpe en el barro, un barro espeso y traicionero que atrapa la bici por completo. La sensación es inmediata: la bicicleta se frena, se clava, se quiere quedar ahí.

    Instintivamente, meto toda la potencia del motor y pedaleo con decisión, casi a la desesperada, para ganar inercia y salir del barrizal antes de quedarme totalmente encallado. Por suerte, la rueda trasera tracciona, salpicando barro por todas partes, y consigo salir justo antes de que la situación se complique más.

    En cuanto alcanzo terreno firme, paro para ver lo que se ha organizado, y lo que veo es… impresionante, la bicicleta no parece una bicicleta, sino una pelota de barro con manillar, las ruedas, el cuadro, la transmisión: todo envuelto en una capa gruesa, compacta, como si el barro hubiera querido atraparme y no dejarme escapar.

Quitando el barro con lo que tengo a mano.

    Empiezo a quitar el barro como puedo: primero con las manos, luego arrancando hierbajos del campo para usarlos de cepillo improvisado. La cadena, los platos, el cambio trasero, las ruedas… todo necesita atención. Paso un buen rato quitando barro sin parar, y aun así siempre queda más.

    Cuando por fin pienso que he despejado lo suficiente, doy la primera pedalada… y la cadena se sale en cuanto avanza un cuarto de vuelta. Ni un metro he podido recorrer.

    Suspiro, dejo la bici apoyada y vuelvo al ataque. Más limpieza, más barro escondido en rincones imposibles. Y otra vez. Una, dos… hasta tres veces tengo que repetir el proceso, cada vez descubriendo nuevos restos que parecían imposibles de ver antes.

    Finalmente, tras insistir como si estuviera puliendo una reliquia y no una bicicleta enterrada en fango, la transmisión empieza a comportarse. La cadena ya no se sale. Los platos giran sin ruidos extraños. Las ruedas, al rodar cada vez más rápido, disparan trozos de barro en todas direcciones, mientras yo pedaleo con la esperanza de que el movimiento y el paso de los kilómetros terminen de limpiar lo que aún queda pegado.

La peor parte, por fin, parece haber quedado atrás.

    Con el amanecer asomando y la bici de nuevo en marcha, avanzo con la sensación de haber librado una verdadera batalla contra la noche, el río y el barro. Al menos, todo parece haber vuelto a la normalidad. Me ha costado lo suyo, pero mejor perder tiempo ahora que lamentarlo más adelante; todavía quedaba mucho camino por recorrer.

    El sol empieza a levantarse tímidamente sobre el horizonte, a medida que la luz crece, el paisaje revela su verdadera forma. 

    Cuando llevo recorridos unos diez kilómetros desde aquel barrizal, y cuando todo parece haberse normalizado, en unas curvas tengo que pasar un pequeño arroyo, se trata del arroyo del Prado Redondo, su caudal es escaso pero lo suficiente para que forme unos charcos y que su agua se vaya renovando, así que aprovecho para darle un baño a la bici.

Por suerte otro arroyo llevaba agua para la limpieza.

    Me detengo allí mismo. Aprovecho el agua para limpiar a fondo toda la bicicleta: ruedas, transmisión, platos, cambio… todo. Es una limpieza completa, casi quirúrgica, después de la paliza de barro. Una vez libre de suciedad, engraso la cadena y reviso que todo vuelva a funcionar como debe. La bici queda irreconocible si la comparo con aquella bola de barro que salió del Algodor.

Para que la humedad se vaya evaporando, sigo un tramo caminando a pie, dejando que la bici se seque con el aire del amanecer. Camino entre los primeros rayos de sol, que ya iluminan el campo con un tono cálido y dorado.

Ruinas de la ermita de San Marcos de Yegros.

    El camino, flanqueado por olivos, almendros y viñedos, vuelve a ser ese terreno amable y firme que invita a rodar, poco después paso junto a las ruinas de la ermita de San Marcos de Yegros, levantada en el siglo XIII, y que en su día ofrecía cobijo a los peregrinos del Camino De Santiago, parece que la peor parte, por fin, parece haber quedado atrás.

Una vez superado los imprevistos todo vuelve a la normalidad.

  Con la bici recién lavada y engrasada, vuelve a estar operativa y como nueva. Prosigo la ruta hasta la siguiente población: Almonacid de Toledo, un municipio de la provincia de Toledo cuyo gran icono es su castillo medieval, visible desde varios kilómetros a la redonda, pues —como ocurre con tantos castillos— se alza en lo alto de una colina.

Son las 8 y media de la mañana y entro a la plaza lo primero que me encuentro es una fuente donde puedo refrescarme, la fuente es muy generosa, sale mucha agua, un paisano del pueblo me comenta que este año es bueno de agua, y que la fuente recoge todo el agua de la colina del castillo por eso es tan generosa con el agua.

Monumento a los trabajadores del Esparto y Ayuntamiento de Almonacid de Toledo.

La Aguadora de la fuente, Almonacid de Toledo.

    Relleno el bidón de agua y prosigo la ruta, quedan 20 kilómetros hasta Toledo, y aunque es temprano ya empieza a castigar el sol, esta vez el camino esta embreado, y en algún tramo a los lados unas filas de árboles, que hacen que falseen la temperatura real, que va subiendo por momentos.

Ermita de la Virgen de la Oliva, entre Almonacid y Burguillos de Toledo.

    Tras un tiempo, el asfalto desaparece y continúo mi recorrido por un camino de tierra en buen estado, paso cerca de la imponente ermita de la Virgen de la Oliva, un templo de tres naves que cuenta con una capilla y dos sacristías. 

    Dejando atrás la ermita, transito rodeado de extensos campos de olivos, el camino por el que estoy coincide con la Ruta de Don Quijote por lo que me encuentro a mi paso con la señalización y alguna área de descanso de dicha ruta.

Los campos de cereal, teñidos de amarillo en esta época del año.

    Restan 13 kilómetros para Toledo, son las 9 y media de la mañana, esto de madrugar tiene su recompensa, podemos decir que tenemos todo el día por delante, aparecen las primeras casas de la siguiente población, se trata de Burguillos de Toledo municipio situado en las estribaciones de los Montes de Toledo, de que destaca su extensos grupos de casas unifamiliares, lo que le da al casco urbano una amplia extensión.

Plaza de Burguillos de Toledo.

    Dejo atrás Burguillos de Toledo a su salida paso por un pequeño parque regado por el paso del arroyo de la Rosa, en la que se encuentran unos patos en su orilla, por eso se llama el parque de los patos, y sin darme cuenta y a tan solo a escasos 3 kilómetros de camino de asfalto rodeado de campos de cultivo paso por la siguiente localidad, se trata de Cobisa.

El parque de Los patos a la salida de Burguillos de Toledo. 

    La siguiente localidad, Cobisa es una localidad situada a unos 7 km al sur de la ciudad de Toledo, en los Montes de Toledo, es un municipio residencial que ha crecido en las últimas décadas gracias a su cercanía a la capital.

Iglesia de Santiago y Don Quijote en Cobisa,(Toledo).

    Saliendo de Cobisa vuelvo a estar rodeado de olivares, el camino es en continuo descenso, así que es rápido, el camino sale a una carretera serpenteante antes de llegar al mirador donde se divisa toda la ciudad de Toledo.

Primera Vista de Toledo desde la carretera de los miradores.

    Son las diez y diez de la mañana, una hora perfecta para evitar el calor de julio en estas latitudes. La etapa aún no ha terminado: me queda entrar en la ciudad propiamente dicha y dirigirme al alojamiento, situado en pleno centro, muy cerca de la plaza de Zocodover.

    Debo descender un poco más para alcanzar el mirador al que suelen llegar los autocares cargados de turistas que desean contemplar Toledo. Este lugar me trae buenos recuerdos; hace años estuvimos aquí toda la familia. Quién me iba a decir que volvería, y además, ¡en bicicleta!

Mirador de Toledo con los turistas en primer plano.

    Tras otro momento de pausa y relax, retomo el camino y continúo descendiendo hasta cruzar el río Tajo por el puente Nuevo de Alcántara. Desde allí, surge una nueva vista que merece detenerse: el antiguo puente medieval de Alcántara, hoy habilitado para el paso peatonal, que se mantiene orgulloso como testigo de siglos de historia.

    Al volver a ascender por el casco antiguo de Toledo, me encuentro con la escultura de Federico Martín Bahamontes, el mítico Águila de Toledo. Su figura, inmortalizada en bronce, recuerda que fue el primer español en ganar el Tour de Francia.

Escultura de Federico Martín Bahamontes, el mítico Águila de Toledo.

    Llego a la plaza de  Zocodover, no sin complicaciones, ya que al final me metí en un ascensor que subía hacia el interior del casco antiguo, asi que sobre la Diez y media estaba haciendo el check-in en el hotel, se trata del Hostal Centro, como he puesto antes está justo en el centro, al lado del ayuntamiento y de todo el movimiento del centro de Toledo.

Plaza del Zocodover, Toledo.

    Tuve suerte de que me hicieran el checking tan pronto, por lo que subí a la habitación con todos los trastos, incluso con la bicicleta, por lo que me asee e hice el mantenimiento por encima a la bici, como limpieza de barras y limpieza y engrase de la cadena, además estaba limpia después de la odisea por la que pase esta mañana temprano.

    
De Paseo por Toledo.

    Toledo, conocida como la Ciudad de las Tres Culturas, es un lugar donde la convivencia histórica entre cristianos, judíos y musulmanes se percibe en cada rincón. Sus puertas, murallas, templos y calles estrechas conservan un ambiente medieval único, realzado por su ubicación estratégica sobre un cerro rodeado por el río Tajo, que ofrece vistas espectaculares desde puntos como el Mirador del Valle. Pasear por su casco histórico es casi una máquina del tiempo: un entramado de cuestas y callejuelas que conserva el carácter del pasado en cada paso.

Calle con la catedral de Toledo al fondo.

    Entre sus joyas arquitectónicas destacan la imponente Catedral Primada, una obra maestra del gótico repleta de detalles, y el Alcázar, ese inconfundible edificio cuadrado que corona la ciudad y hoy alberga el Museo del Ejército. La Judería añade aún más encanto, con sinagogas tan emblemáticas como Santa María la Blanca o El Tránsito, y la presencia del arte de El Greco se deja sentir especialmente en la iglesia de Santo Tomé. Para rematar la visita, la gastronomía toledana invita a disfrutar de platos tradicionales como las carcamusas, la caza estofada y el inconfundible mazapán artesano.


Santa Iglesia Catedral Primada de Santa María, Toledo.

    Mi recuerdo más vivo de Toledo siempre fueron sus empinadas calles, así que esta vez fui cauto a la hora de dar una vuelta por esta impresionante ciudad. Tras deambular toda la mañana por los lares de Castilla-La Mancha, lo primero era buscar un buen lugar para comer. Al final terminé en un sitio que me habían recomendado en el hostal: el "Asador restaurante La Parrillaun lugar perfecto para saciar el hambre después del paseo. Platos castellanos abundantes, bien servidos, y con la suerte añadida de caerle en gracia al camarero, algo que se notó en la generosidad de las raciones.

Un buen segundo plato.

    Por la tarde continué el paseo por las calles enrevesadas del casco histórico, intentando resguardarme del calor que pegaba de justicia. Para descansar un poco y estar a gusto, busqué un sitio con aire acondicionado y acabé en una cervecería tranquila. Allí, acompañado de una buena cerveza y de mis apuntes de la etapa del día, cerré la jornada disfrutando del ambiente toledano y de un merecido respiro.

Ayuntamiento de Toledo.


    La etapa entre Villacañas y Toledo fue una jornada intensa y plena de contrastes, marcada por la magia de pedalear de madrugada bajo la luz de la luna y por la dureza de un inesperado barrizal que puso a prueba tanto la bicicleta como la paciencia. Tras librar aquella batalla con el barro y aprovechar los arroyos para devolver la bici a la vida, el amanecer regaló un paisaje renovado, sereno y luminoso. Los pueblos silenciosos, las ruinas antiguas, los campos infinitos y la silueta del castillo de Almonacid acompañaron un avance que se fue suavizando hasta llegar, ya con el sol alzándose, a los miradores desde los que Toledo se presenta majestuosa. Entrar en la ciudad y alcanzar el alojamiento supuso un merecido cierre para una etapa que combinó esfuerzo, aventura y emoción.

Mi Bicicleta con la vista de Toledo.

    Ya en Toledo, el día se transformó en un recorrido más relajado entre cuestas históricas, monumentos imponentes y la buena mesa castellana. El almuerzo abundante en el asador recomendado, el paseo por las callejuelas medievales y el descanso en una cervecería fresca permitieron recuperar fuerzas y disfrutar plenamente del ambiente de la Ciudad de las Tres Culturas. Con la bici a punto y el cuerpo recuperado, la jornada termina con la satisfacción del camino recorrido y la ilusión por lo que vendrá mañana, confiando en que la ruta continúe con la misma intensidad y belleza, pero con menos barro y más horizontes abiertos.

Mi habitación con mi compañera durante esta travesía.